1-De camino a Santiago

IMG_20140823_174128989_HDRSan Jean Pie du Port es un pueblo encantador. Pequeño, medieval, con un aire francés que envuelve las casas y una brisa euskera que pinta los muros. Un castillo de piedra reina en su montaña y sus murallas esconden la vida de personas de todo tipo: tenderos, hospederos, familias, turistas, peregrinos y músicos.   Es uno de los puntos de partida más conocidos para iniciar la peregrinación a Santiago y un amalgama de DSC_0082nacionalidades juntas que  en ese momento, en esa primera noche, nadie sabe como leer. San Jean  es el primer párrafo de un cuento misterioso que ve a través de sus ventanas como cientos de desconocidos comparten habitaciones, mesas o miradas por la calle, deseosos de emprender una aventura clásica y sin saber que aquella misma noche, como magia que flota en el ambiente, el destino juntara sus vidas con premeditación y alevosía para cambiarlas definitivamente.

Allá andaban aquella tarde un japonés mayor y extraño, que dormía con Kimono y pasaba las noches hurgando en sus pertenencias. Agarrado a la botella de vino pasó el camino entero, sin mediar casi palabra y sonriendo sin descanso.  A su lado una joven pareja dormía compartiendo cama, era la primera noche y sus espaldas estaban limpias, nunca más en el camino se les vio durmiendo juntos, y aun así, con el paso de los días, se querían un poquito más.  Unos metros más abajo, dormitaba preocupada Francesca la italiana, una enfermera de treinta y pocos años que leía y releía una guía del camino y a las ocho de la tarde ya yacía en silencio. Tras un muro descansaban Khan, el coreano activo, el que todo lo puede como su nombre en inglés indica; Choi, el filósofo humilde que todo lo vivía con un respeto y felicidad profundos, y  Taka Hiro, un japonés joven con una mirada inquieta al mundo que le rodeaba y con ganas de decubrirlo a tropezones pero con calma. Con ellos también dormía la buena Valentina, católica y apostólica que voló desde Seul para pedir por los suyos y por un mundo más bueno. Todo el trayecto pasó sin mediar palabra alguna, rezando a cada paso  y protegiéndose del sol que despertaba en el alba.

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Sach dormía tranquilo. Era un inglés de origen indio, hablador, inteligente y con una sonrisa  pícara y dulce al mismo tiempo. Había venido dispuesto a replantearse su vida entera en el mundo financiero y dormitaba entre sueños elegantes y sencillos.  En otro piso Teresa pensaba en América, en general, como continente. Vivía en Nueva York pero su madre era latina, y ella, como buena mezcla, era inteligente, tolerante y siempre le alegraba el día a cualquiera.  No era la única americana, desde luego. Morgan dormía con sus padres en un hostal más lujoso que habían reservado hacía meses para la ocasión. Su madre acababa los estudios en teología y para celebrarlo habían decidido pasarse por España y emprender el camino.

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No se conocían entre ellos. Algunos incluso tardaron algún día en hacerlo. Pero la noche siguiente, en Roncesvalles y tras 25 kilómetros de subida cruzando los Pirineos, compartieron el primer trago como buenos peregrinos.

Salieron de noche, con paso firme y viendo como el sol coloreaba las montañas. Menuda subida aquella, menudos paisajes… ¡parecían pintados encima de una realidad inexistente!  Subieron hasta dejar atrás las nubes, cada uno a su ritmo, aunque todos ellos, sin saberlo, coincidían.   Cosa difícil, pues aunque la ruta sea la misma el camino es muy distinto.  Había quien madrugaba y no paraba en todo el día, hasta 30 o 40 kilómetros diarios recorrían sin pensarlo, sin cafés ni vinos ni almuerzos que valieran la pena nombrar. Llegaban los primeros al hostal público, el más barato, y a las cinco de la tarde ya dormían en sus sacos. Preparados  y equipados con mochilas bien ligeras y el mejor de los calzados,  salían a la carrera.  Tenían garantizada la primera de las camas y no un colchón en el suelo o una noche más cara. En los albergues municipales, por menos de diez euros te acogen en las literas y en los religiosos  el acceso es gratuito, aunque a las cinco de la mañana te despiertan las campanas y los cantos gregorianos.   Este grupo del que hablo, sin embargo, lo tomaba con más calma.

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Roncesvalles esperaba al otro lado de las montañas. Tras caminos de pizarra negra y plata y cimas peladas sin árbol alguno, bajo el manto de un bosque de 5 kilómetros que crecía hacia abajo, dormía el Monasterio rodeado de viñas.  Allí pasarían la segunda noche, cada uno en su cama, y solo después de beberse un par de botellas de vino hecho por los monjes y unas copas de whisky con hielo para acallar a los pies. El sol ya se había puesto y no lo verían hasta que el día siguiente desayunaran al alba en el pueblo más cercano.

Al otro extremo del Camino francés, una familia valenciana llegaba en coche a una Galicia verde y envuelta en lluvia. Salían desde Sarria, provincia de Lugo, para conseguir llegar a Santiago en 5 días y recorrer los mínimos 110 kilómetros que necesitaban para colgar la compostelana en sus cajones.  Eran una madre y sus tres hijas, de 14, 20 y 22 años, valencianas y medio aventureras, pero bien acomodadas y muy poco acostumbradas a sufrir.   Poco sabían ellas en aquel preciso momento y en aquel primer hostal tan entrañable, de lo que con los andares y las discusiones aprenderían en aquel viaje.

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Y es que en el Camino todo es distinto a la vida real. Es un contraste absurdo con la modernidad urbana y nuestras vidas atrapadas en el cemento frío de las ciudades, tan llenas de vida pero tan apagadas.  Es darle la vuelta a las relaciones sociales cosmopolitas que te impiden saludar a una persona por la calle y preguntarle cómo lleva el día sin que la conozcas y sin esperar que haya algo detrás, un interés personal que nos hace a los humanos despiadados. En el camino, por el mero hecho de andar con una mochila a cuestas te ganas la confianza del resto de peregrinos que como tú, andan, comen y beben. No se duda antes de conocer, se habla y luego se juzga. En la ciudad, a pesar de que andamos en un peregrinaje absurdo del trabajo al metro, a casa, al supermercado o al bar, se duda siempre porque el hombre no es bueno por naturaleza y sólo sabe aprovechar las debilidades y bondades de los demás para servirse a sí mismo. El depredador humano sale  a pasear en el asfalto y se alimenta del individualismo y la soledad de las calles.  En el camino, no importa qué eres o qué posición ocupas en la esfera social, sólo importan tus motivos para dejar todo atrás por unos días y respirar tranquilo, buscando el ser que da vueltas mareado en tus entrañas.  Con desconocidos compartes pensamientos hondos que es completamente absurdo sacar a relucir en la ciudad, porque no valen de nada, porque no dan dinero ni te van a ayudar a conseguir un futuro más prospero… Desaparecen las distancias entre ciudadanos de primera y de segunda, porque no te importa si quien camina a tu lado es una banquero irlandés con un sitio acomodado en Ulster Bank o una trotamundos que anda simplemente por andar, porque eso se queda atrás y sólo relucen los ojos de quien te escucha, de compañero a compañero, de igual a igual.  Durante todos los kilómetros que anduve y las cuestas que subí me planteaba lo absurdo que era que personas de todo el mundo necesitaran un respiro de sus vidas de ajetreo y que ese respiro fuera andar durante horas bajo un sol que quemaba las piedras con sólo dos pantalones y dos camisetas y demás enseres acuestas, con ampollas en los pies y agujetas, y dolores de cabeza, y habitaciones de 16 personas sudadas de todo el día que roncan y hablan en sueños y te despiertan de madrugada con el  tititi de un despertador que suena aquí y allá y precede a un aluvión de sacos que se cierran, del zas de la cremallera, de luces que alumbran tu cama sin querer….  Cómo, me preguntaba, tienen que ser nuestras vidas, para que esto nos parezca un respiro, para volver tan renovados y con tantas energías y para decidir pasar unas vacaciones levantándote antes incluso de tu hora habitual. El pasado año 2013, 215.880 personas llegaron a Santiago en peregrinación, más los que iniciaron el camino  y pretenden terminarlo poco a poco, como es el caso de la mayoría. Los peregrinos oficiales (inscritos en la oficina de peregrinación) han pasado de 68 en 1970 a los más de 200.000 que contamos en nuestros días. Cómo, me pregunto, será nuestra vida, para que el Camino sea  nuestro momento de salvación.

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