Gota a gota, tiempo al tiempo

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Llovía y afuera parecía que nada importase más que aquellas finas y dulces gotas de agua. ¡Cuánto tiempo , queridas, sin salir a pasear! Al otro lado del mundo, cansadas, gemían. Sin pausa, con prisa y  con rabia persistían a las horas infinitas de ese reloj sin pilas anclado en el tiempo.  Siempre olvidaba su visita al relojero. La rutina se apoderaba de cada paso que daba, ahora el café, ahora el despacho, luego te llamo, firme aquí, pase pase que está abierto.  Su traje gris lucía brillante comparado con sus sueños y la camisa planchada no combinaba muy bien con su alma de girones.  No está tan mal, se decía bajo su mirada atenta en el espejo. Era un tipo alto, con carisma, uno de esos que se miran de reojo y se tratan de usted.

El relojero, tranquilo, le esperaba. En su mundo los días no eran más que la cáscara vacía del paso del tiempo. También tomaba café. En una de esas tazas grandes de colores pastel que siempre parecen lanzar humo hacia el techo. Recostado en su mecedora nueva contaba las perlas de plata que bailaban en el cristal. Unas se juntan, otras no vuelven, vaya,  una no cae…¡parece hielo!  Tener tiempo para esto. Hacía semanas que un tipo le pedía y le cancelaba una cita con menos de 24 horas de diferencia, llamaba educadamente, se despedía cordial, volvía a llamar, se excusaba, lo siento, mañana vengo. No quería hacerle esperar, le decía, como si el viejo tuviese otra cosa mejor que hacer.  La verdad, no le entendía demasiado. La primera vez llamó hablando en inglés, o algo parecido, y el resto parecía recitar de memoria palabras que en realidad no comprendía. Era extraño que llamase al relojero menos famoso de todos los tiempos, un hombre tan ocupado y con una voz tan fina.

Llovía al fin.  Por la ventana, decenas de pies abrigados desfilaban a paso rápido. Los charcos se exponían con orgullo ansiosos por que los niños, benditos compañeros de juego, saliesen del colegio.  Riiing, Riiiing….  Relojes Pablo, ¿en qué puedo ayudarle? Ah, sí, es usted, no se preocupe hombre, no tengo nada mejor que hacer, me parece bien, dígame su dirección y estaré allí a las cinco, ¿perdone?,  no, no conozco la calle, ¿es de aquí de Valencia?, calle Londres, de acuerdo, la busco, ¿calle no? ¿cómo? ¿ qué llama usted desde Inglaterra?  ¿El becario? Discúlpeme, no le entiendo ¿Cómo? ¿Señor? ¿Sigue ahí? Pi-pip-pi-pip.

Desde Inglaterra, dice, volviendo a mecerse como la lluvia en el viento.  En Londres, el cielo lloraba como cada día. ¿Relojes Pablo? ¿Relojes Pablo?  Por fin algo sin sentido. ¡Glorioso becario despistado!  El reloj seguía roto, pero el tic-tac del pasado resurgía del cajón en el que yacía guardado. Como el reflejo de su vida en las gotas de agua rotas.

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