El viejo que hablaba con los ojos y vivía en sus dedos

Crónica de un viaje en avión a Bulgaria. Marzo de 2014

Se miraba las manos con una actitud inquieta, como si dudara de que aquellos dedos llenos de manchas oscuras fueran suyos. Al menos diez líneas finas surcaban sus palmas y aún intentándolo era imposible saber donde empezaban o terminaban. Bebía un vaso de vino tinto a sorbos pequeños, y de vez en cuando, sacaba la lengua y se mojaba los labios, como saboreando los restos. Su pelo se entrelazaba con sus pensamientos formando un manojo de idas y venidas sin orden aparente. En uno de sus dedos una marca fina y de color oxidado contrastaba con sus pliegues. Parecía la huella de un anillo que le había acompañado durante años.

Llevábamos ya dos horas de vuelo y no se había quitado el sombrero desgastado de sus rodillas. Su imagen de antaño, como de otro mundo, contrastaba con el chico que a su lado fijaba la mirada en su tableta. El viejo ojeaba una revista, pero sus ojos dibujaban recorridos aleatorios. No parecía saber leer. Llevaba unos pantalones de pana color mostaza y una camisa que debiera haber sido blanca en algún tiempo. Al verme, observándole aparentando disimulo, sonrió. Unos hoyuelos sinceros enmarcaron su gesto y unos ojos negros y rugosos inspeccionaron mi mirada. Despegó sus labios tintados de vino y pronunció unas palabras que no alcancé a comprender. “Sorry”, musité. Y me sonrió otra vez. Alargó sus manos desgastadas por el sol a la mochila que guardaba bajo su asiento y sacó, como de la nada, un anillo reluciente como el sol. Lo apretó fuerte con la mano izquierda cerrada como un puño y se lo acercó al corazón. Se dio unos golpecitos suaves y respiró hondo, como evocando el olor de alguien que perdió hace tiempo. Abrió los ojos, me miró y sonrió de nuevo. No dijo nada más. Siguió observándose las manos con melancólica tranquilidad como si allí, en su marca, continuara con vida alguien que ya no encontraba en ningún otro lugar. No hizo nada más en todo el viaje, pero parecía contento de haber contado su historia. A su manera, con sus ojos.

 

 

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