Entre rostros sin cara y el calor de un camarero

Paro el tiempo mientras sentada en un bar de polígono remuevo el azúcar de un café con leche. Paro el tiempo y pienso en toda la gente que solos, en mesas cuadradas y frías sillas de hierro, nos hacinamos de uno en uno inmersos en un mundo distante, lejano. Nadie se mira, nadie se sonríe, nadie pregunta si alguien se queda con hambre y quiere compartir su plato; sólo los camareros con sus negros ropajes pasan como sombras entre comensales quietos. Vino sobre las mesas, una caña a mi izquierda en la mano de un señor vestido con traje y gafas. A mi derecha, rubia como una fregona empapada de agua sucia y vestida con ajustados y simétricos lunares negros, una mujer. Llama al camarero y tímida le pregunta cuál es el entrante más barato de la carta. “Se me ha olvidado la tarjeta”, explica. El señor de las gafas ya ha terminado el menú y ha dejado sobre la mesa un plato lleno de patatas y ensalada. La caña brilla vacía. La señora repela su sopa con las dos rebanadas de pan cortesía del servicio. C’est la vie.

En frente, un hombre moreno de unos cuarenta años se empeña en formular un discurso en inglés. Su interlocutor le escucha mientras baña en mayonesa un calamar. Parece espuma de mar, me imagino. Habla un inglés perfecto pero parece alemán. La mesa, llena de copas y tapas, es testigo de lo que parece una comida de negocios. El inglés-alemán se levanta y se dirige al servicio. El español, delgado y de barba recortada, le formula al camarero un favor en voz bajita: “dile que no os queda solomillo, le invito yo y no me llega para más”. Ya se conocen. Le guiña un ojo y asiente. Parece que no es el favor más absurdo que le han pedido en el bar y ya sabe que no va a ser el único del día. Dos jóvenes bien vestidos y con un maletín de piel, entran por la puerta y se dirigen a él: “Manuel, nos sacamos el táper pero luego nos pedimos el café,¿vale? Enseguida viene otro compañero, pero hoy no trae comida, ¿le haces un bocata de lomo?”. Se sientan. Manuel, sonriente y de negro, les saca el agua. Con un gesto de resignación y alegría deambula pensado, quizás, en cómo es la vida. En cómo han cambiado las cosas. En qué mierda de uniforme más triste para un local tan pobre, lleno de buena gente, pero sin calor humano.

El bar es grande y duerme perdido en un polígono industrial. Se despierta con la primera luz, frío y con cuatro taburetes ocupados exprimiendo la máquina de café y si hay suerte, la tostadora. Sus mesas las decoran día a día empleados o empleadores de segunda o de tercera. Muchos pensaran que tal vez son de primera, con sus corbatas, sus tacones o sus trajes perfectamente planchados. Es grande la paradoja de quien dibuja el estatus en su sombra y como un lobo solitario deambula por un bar de carretera que si quiera puede permitirse con total tranquilidad. Al igual que yo, que sólo me acerco a tomar un café en la hora de descanso. El camarero me pone siempre dos de azúcar y me repite: “¡bien dulce para la señorita!”. Cree que me los sirvo, pero en realidad el café me gusta fuerte, los guardo para casa porque siempre olvido comprar edulcorante y a estas alturas, odiaría quitarle la ilusión a la única persona que regala alegría en ese antro. El alma que viste con humanidad los rostros sin cara del bar.

Advertisements

4 responses to “Entre rostros sin cara y el calor de un camarero

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s