La red que incomunica y la pantalla que ciega

Parece increíble, pero desde que se me rompió el móvil y me quedé sin internet hablo más, leo más y conozco a más gente. He estado casi una semana sin teléfono e incomunicada, ya que el ordenador también había dejado de funcionar hasta que el informático de la esquina me lo devolvió ayer por la noche. Seguramente no le hubiera conocido sino hubiese sido porqué no tenía Internet. Igual que al chico del videoclub o a una mujer que me pidió que cuidara a su hijo mientras ella iba a buscar la cartera que había perdido en el bar.

Si hubiese estado conectada a la red no hubiera ido preguntando por el barrio si alguien conocía una tienda de informática, hubiese ido al establecimiento con mejoresreferencias en Internet. Soy nueva en el distrito y todavía no lo conozco bien. Sin embargo, un vecino me llevó a otro y terminé en una tiendecita cuyo nombre no aparece ni en las páginas amarillas pero es de trato inigualable. Me atendió un hombre con pinta de haber tenido muchos oficios en esta vida, me cobró veinticinco euros y atendió a mi urgencia de tenerlo listo para el día siguiente. No me hizo factura, ni me dio un resguardo cuándo se quedó mi portátil,  pero me regalo la sensación de sentir que para aquel informático que no conocía mi historia era importante. No era tan sólo una venta, fui su cliente del día.

Ese mismo lunes, cómo no tenía ordenador, me acerqué al videoclub de mi misma manzana pata tener algo que ver por la noche.  Mientras ojeaba estante por estante algo que meter en el DVD del piso de alquiler que jamás he usado, el dependiente se acercó y me preguntó si podía ayudarme en algo. “En seriesly esto no me pasa”, pensé. Después de conversar unos minutos y contestar algunas preguntas sobre mis gustos cinéfilos, amontó sobre el mostrador al menos diez películas que se empeñó en que mirara. “Te van a encantar, es justo lo que me dices, una mezcla de crítica y humor perfecta”, articuló con la ilusión de quién hace tiempo que espera decir algo así en voz alta. Me llevé el Taxista Ful, un film que me habían recomendado mil veces pero que cómo nunca está en las listas de “más vistas” en Cuevana, yonkies o seriesly nunca me acuerdo de ver. Me encantó.  Además, he ido a devolverla y de nuevo algo increíble: un debate sobre la película, los actores, el conflicto social y político que esconde, el anarquismo… palabras entusiasmas cruzadas con un desconocido condenado a desaparecer de nuestras vidas y rutinas.

Y la mujer del niño. El niño despistado que había ido a pagar y se había dejado la cartera de su madre encima de la barra del bar.  En cuánto ella se da cuenta, busca a alguien que parezca de confianza para que se quede un momento con su hijo mientras va a la esquina a buscar su documentación. “Perdona, tú que vas sin el móvil, te importa quedarte un momento… bla, bla, bla… “Claro, pero ¿qué tiene que ver que vaya sin el móvil?”” ¡Qué me has mirado a la cara mientras andabas!”.

Y así fue como terminé la tarde del martes en un local que no conocía con una mujer y un niño que jamás había visto. Me invitaron a un té y me dijeron que me pasara a por mandarinas a su casa porqué recogían muchas de la tienda de un familiar y así me agradecían el favor. No me pasé, pero he descubierto una frutería nueva dónde de repente tengo descuento.

Por no hablar de que he vuelto a poner en marcha la radio despertador que llevaba sin sonar desde que tengo móvil y de que una página de libro ha sido lo último que he visto antes de quedarme dormida por la noche. Eso, y la imaginación de una historia, que no se compara a la necesidad de comprobar que nadie en el universo ha decidido mandarme un mensaje de última hora y extrema urgencia por what’s app.

No. Yo no quiero vivir mi vida de pantalla en pantalla. No quiero que sea el móvil lo último que vea antes de cerrar los ojos y lo primero que contemple por la mañana junto al sonido monótono de una alarma que chirría. No quiero perderme las relaciones humanas que me esperan sin intermediarios, sin escondites, en la calle y de carne en hueso. No quiero que un mapa en línea me diga si debo girar a la izquierda o a la derecha, ni que las páginas de internet orienten mis decisiones hasta tal punto que todo sea de consulta obligatoria. Quiero perderme y tener que preguntarle a alguien dónde estoy, volver a usar un diccionario, salir sin teléfono a la calle y no sentirme desnuda, comprar un libro sin haber leído referencias y encontrarme un concierto en un bar cualquiera porqué sí, porqué no lo he buscado pero fíjate, existe.  Quiero acordarme de vivir de vez en cuando y de sentir la necesidad de lo importante que es la gente que me rodea. La gente con la que comparto acera, edificio, tranvía. Y quiero, sobre todo,  que no se me tenga que volver a romper el ordenador para acordarme de todo esto.

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